El hechizo de Cortazar
(publicado por Diario Las Américas)
El hechizo de Julio Cortazar, el inolvidable escritor argentino, sigue rondando el ambiente cultural latinoamericano y europeo. No se puede escribir ni recordar a Cortazar sino revolvemos sus demonios amorosos.
No debemos pasar por alto que hace varias semanas atrás se reunían en la Universidad de Guadalajara varios Premios Nobel de Literatura, encabezados por el portugués José Saramago, con novelistas de talla universal para conmemorar un aniversario más de la muerte de este inolvidable escritor argentino.
En Julio Cortazar nos encontramos con el esfuerzo literario más hermoso y rebelde del Siglo XX. De su creación genial nace la novela RAYUELA, sin lugar a dudas uno del argentino Julio Cortazar al escribir su interesante reclamo de libertad humana, que llamó “RAYUELA”.
Por eso esta viñeta periodística sólo intenta compartir con el amigo lector uno de esos momentos cumbres de la literatura contemporánea, que por novedoso, contestatario e irrespetuoso con los moldes convencionales, se convirtió en una expresión que liberó al modernismo de algunas de sus ataduras represivas y esquizofrénicas más dolorosas.
Y debemos decir, con la esperanza de no ofender a ninguno de sus compatriotas, que Cortazar fue algo más que argentino porque quiso andar sin cortapizas por tierra de todos. De ahí la universalidad merecida. Su tierra fue simplemente un buen punto de partida.
RAYUELA fue escrita en 1963 y la crítica generalizada de la época la coloca como una obra maestra de la novelística latinoamericana de nuestros tiempos. Si se revisa al Cortazar más joven o anterior, podemos encontrar antecedentes precisos y estupendos de RAYUELA, que muchos críticos han catalogado acertadamente como la ANTI-NOVELA por excelencia.Y no es porque Cortazar intente oponerse a la novela tradicional, que conste, sino porque fue capaz de lanzar su grito de libertad humana en un tono de giros inesperados y en un medio tan opresor o alienante como el Siglo XX.
Toda su obra previa, fue un bosquejo determinado, consciente y hasta un poco misterioso por rebelar símbolos angustiosos que terminan siendo liberalizantes en el fuego nostálgico de un simple cigarrillo.
Y cuáles son estos símbolos impactantes e ineludibles en la obra ? Pues simplemente comienzan con la rayuela, ese saltarín y excitante juego infantil que se circunscribe en ilusiones numéricas de un espacio rectangular pequeño; los ríos y sus puentes, ese marco de enlaces, lleno de cauces míticos y niveles físicos, de comunicación inagotable y de contrastes estupendos entre la ternura del agua purificadora que fluye incansable y la dureza del concreto que resiste sin quejas conocidas el pase del tiempo; el laberinto, ese permanente conflicto instintivo de cada ser humano por encontrar sin mucho éxito los reflejos verdaderos de la vida y el ojo maltrecho de la carpa del circo.
Otros símbolos de importancia en RAYUELA lo sentimos con rara ternura en la mano envejecida del viejo cuya locura consiste en acariciar a la paloma, en un trasfondo de muertos que agonizan y resucitan en paz; el de la guitarra, que a pesar de su musicalidad femenina, permance inaccecible; y la tercera mano, que es un esfuerzo nocturno desesperado en busca de la verdad y la alegría.
Por otra parte RAYUELA rompe con los cánones estructurales de la novela tradicional. Abandona con premeditación y alevosía esa estructura lineal narrativa para convertirse en una expresión literaria, que más que contar lo que ocurre, tienta caminos de interiorización.
La verdadera vida real, y valga la redundancia, está llena de saltos, lágrimas, miradas atrás, retrocesos, sustos, sueños, pecados, misticismos y locuras. En RAYUELA esa libertad se abre como una herida sangrante y lo explica todo. Y es una libertad que se reclama con pasión humana.
Por otra parte RAYUELA se puede leer de atrás para alante o de alante para la inversa, como si estuviese encarnando ese drama peculiar y oscuro del ser humano del siglo XX, que terminó destrozado y aniquilado en todos sus costados lo mismo en Auschwitz (Alemania), que en Siberia (Unión Soviética), que en los fosos de La Cabaña (Cuba), por sólo citar tres momentos. Hay algunos más.
En el alma de los personajes con múltiples nombres en RAYUELA está la fórmula mágica para comprender e identifiar la libertad íntima de esta gran novela.
Lo demás es cuestión de que “estar vivo parece siempre al precio de algo…y que toda locura es un sueño que se fija”.





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