El vino y el amor

Escrito el 30. sep, 2002. Por , en Culturales

(publicado por Diario Las Américas) 

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En ese eterno juego del disfrute y del amor, que capta tanto la sensibilidad de príncipes como de mendigos, el vino juega un rol de exquisita fragancia desencadenante.
No podemos negar que el vino ha acompañado al hombre y a la mujer desde los mismos inicios misteriosos de la creación y en el ulterior desarrollo de la civilización.
La propia Biblia relata que Dios se preocupó de crear la luz <tal vez porque se sintió triste en las tinieblas> después hizo brotar el agua purificadora de tentaciones y finalmente creó los frutos maravillosos de la tierra.
Y entre esos frutos, nace la uva, pequeña, tierna,    femenina, jugosa, coqueta y madre del vino.
Pero siguiendo los rastros de la historia, recordemos que lo primero que hizo Noé al bajar de su barca en el Monte Ararat, después del Diluvio Universal, fue sembrar la UVA y posteriormente disfrutar del vino hasta embriagarse <Génesis VIII>.
En los santos Proverbios del Antiguo Testamento se recomienda “dar vino al que tiene el alma llena de amarguras, para que olvide sus miserias y no padezca dolores”.
En otro pasaje histórico de exquisita versatilidad las hijas de Lot al mostrar preocupación ante la ancianidad de su progenitor, comentan: “nuestro Padre ya es viejo, démosle a beber vino y acostémonos con él para que sobreviva la raza”.
Las civilizaciones en Egipto, Grecia y Roma ofrecen abundantes testimonios del placer de oler y acariciar el vino con los labios antes de empapar las papilas gustativas de la boca con su bouquet y fragancia.
El fervor popular a los dioses Dionisio en Grecia y Baco en Roma demostró fehacientemente que el culto al vino fomentaba esa vieja leyenda de que el jugo de la uva fermentada era el néctar preferido de ángeles y dioses.
Otra revelación maravillosa fue encontrada en la tumba de Jaemuwase en Tebas <año 1450 antes de Cristo> donde se ve a los hombres con canastos de mimbre recolectando las uvas.
Ya en el 900 antes de Cristo, en esa inolvidable y tierna poesía humana del Cantar de los Cantares del Rey Salomón, vemos como se hace verso el amor a la mujer amada con esa frase bíblica de belleza singular: “que sean para mi tus senos como racimos de uvas”.
Entonces, llega el momento cumbre de la historia, surge JESUS, dios en andaduras limpias, redentor de pueblos, libertador de pecadores, alfa y omega de ese misterioso tiempo salvífico que no descansa. 
Y en su última cena, JESUS nos regala la presencia de su cuerpo y su sangre por intermedio del pan <levadura fresca> y del vino consagrado <manantial misterioso de amor>
Posteriormente San Pablo, el gran Apóstol de la cristiandad, en sus famosas cartas a Timoteo le comenta: “me he enterado de tus frecuentes achaques de estómago y mi recomendación es que dejes de tomar aguas en las comidas y las acompañes con vino.” <Timoteo 1,5,23>
Pero también la literatura universal nos ofrece un testimonio revelador en el primer poema épico de la historia, cuando Gilgamesh en busca del secreto de la vida eterna, se encuentra con Siduri –la mujer del vino- que se convierte en su esposa.
Acto seguido Gilgamesh en busca de la amistad entre los seres humanos, descubre a Enkidu, el salvaje amigo que se hace hombre comiendo pan y bebiendo vino.
Y así, rodeados de dioses, príncipes y mendigos a través de todo el decursar de la historia, llegamos al fenómeno actual de la globalización, donde el vino por ese fenómeno masivo de la interrelación humana <que nos abarca a todos> y por su naturaleza excitante y saludable se ha convertido en la bebida excitante y amorosa para acompañar cenas y brindis de honor.
Por eso el vino se convierte en gozo e historia y nos da un impulso alentador para seguir los consejos de San Pablo, ese gran apóstol de la cristiandad, que gustaba acompañar sus comidas con vino.

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