Katrina en el jazz del Mississippi

Escrito el 07. sep, 2005. Por , en Culturales

(publicado por Diario Las Américas)

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En lo más íntimo de los vientos que surgen del río Mississippi está todo el espíritu catártico, quejumbroso e improvisado de esa cultura musical maravillosa que no morirá, aunque New Orleans haya quedado sepultada en las aguas.
Katrina en su visita terrible y devastadora a los entornos de toda la costa del Golfo ha demostrado que todos los caminos en la vida son inciertos, aunque la esperanza pueda quedar latente para resolver las catástrofes más espantosas.
Tal vez sólo el encuentro espontáneo con Dios en una simple plegaria humana silenciosa, logre un poco del consuelo y de la misericordia que necesitamos todos.
La otra tarde escuchaba con tristeza una vieja melodía en ritmo de jazz del New Orleans genuino y uno de sus versos lastimeros se me quedó grabado en el alma con fuerza de espanto.
El verso repetía con hondo sentido ontológico: “cuidémonos del viento del río cuando cambia su dirección”.
Y obviamente mi mente rememoró a los amigos de esa hermosa ciudad, a sus envejecidas calles, a las vibraciones sonoras del barrio francés, a los lindos tranvías andariegos que andan y andan, a los vapores de rueda al estilo de Mark Twain que aún llegan al puerto mientras recorren el río milenario.
De pronto en una de esas tantas ficciones rememorativas que cruzan atrevidamente por nuestras mentes, me pareció escuchar a Louis Armstrong en el Preservation Hall de New Orleans y la melodía sincopada de su trompeta inolvidable penetró en mi alma como un misterio sonoro para dejar grabada esa cultura milenaria de los negros esclavos, que hacen de la música del río un tesoro inapreciable.
Era definitivamente el torrente musical palpitante y abarcador del JAZZ oriundo del Mississippi, una melodía para todos los tiempos, que es casi como decir para siempre y que es imprescindible para entender los cruces enriquecedores de toda la rica tradición cultural en los Estados Unidos.
También por mi mente pasaron “Mientras Agonizo”, aquella novela estupenda y de hondo contenido social de William Faulkner, y todo el teatro sicótico de Tennessee Williams, ambas lecturas obligadas de juventud para entender miserias y locuras de nuestra sociedad.
En New Orleans vibra la composición cultural más rica y cohesiva de los Estados Unidos. Por ello es imprescindible recordar su carnaval excitante y el incomparable Mardi Gras, que sirve de preámbulo paradójico al Miércoles de Cenizas y que no deja dudas de su devoción por la alegría, de su disfrute implacable por la vida y del reto místico que nos anuncia la muerte.
Hoy debemos recordar con devoción mundana la jocosidad del verso-himno del Mardi Gras: “si algún día dejara de amar, la luna se tornaría en un gran queso verde, a los peces le crecerían piernas y las vacas pondrían huevos. Si algún día dejara de amar”.
Por todo lo anterior es que se hace difícil asimilar las cifras de la tragedia, aunque al final sepamos los miles de muertos y los miles de damnificados.
Algunos técnicos de la ingeniería urbana ya habían profetizado con insistencia que los embalses artificiales por encima del nivel de la ciudad podrían fallar ante un cambio de dirección y de potencia de los vientos del río.
Entonces toda la ciudad quedaría sumergida en las aguas. Y así fue. La profecía se hizo realidad con la llegada de Katrina a las costas del Golfo y la ruptura de los diques del lago Pontchartrain se han desbordado más allá de cualquier esperanza.
Realmente no es fácil suponer una tragedia como la de New Orleans sumergida en las aguas y sus habitantes evacuándola obligatoriamente, pues no hay forma de garantizar fluido eléctrico, comunicación, abastecimientos y decencia existencial.
Debo confesar que no había pensado con seriedad en esta terrible tragedia en los albores del siglo XXI, aunque recientemente haya tenido el privilegio de visitar las ruinas de Pompeya.
Confiemos que la inteligencia y la solidaridad humana, con la ayuda del Dios misericordioso, nos permitan volver a sentir los vientos del río Mississippi y los acordes musicales de la trompeta de Louis Armstrong en esa queja que no morirá y que yace en cada uno de los ángeles bondadosos que vagan por New Orleans.

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