Los errores de Montaner

Escrito el 10. nov, 2015. Por FRANCISCO J. MULLER, en Noticias

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LOS ERRORES DE CARLOS A. MONTANER SOBRE

LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA (DSI)

Francisco J. Müller (Fundación Padre Varela)

En un reciente artículo de Montaner que parece estar destinado a desacreditar al Papa Francisco, acusándolo, junto con la DSI, de “ignorancia, demagogia y buenismo”, además de proponer el Papa “declaraciones vacías” y hasta “contradictorias” entre sí, el autor señala CINCO errores del Papa que en el fondo son, según dice, cinco errores de la DSI. Agradecemos que Montaner transfiera su crítica no a la persona del Papa, sino a las “ideas económicas” del Papa basadas, como dice, en la DSI. (Gracias, Montaner, por no caer en argumentos ab hominen).

Pero aquí mismo empiezan los equívocos: la DSI no es una doctrina económica ni mucho menos, sino una doctrina MORAL sobre la sociedad y los problemas que la aquejaron, y aun aquejan, desde el siglo 19 hasta el presente. Problemas donde la cuestión de la pobreza no es vista desde el punto de vista exclusivamente económico que utiliza Montaner, sino sobretodo y primariamente desde el punto de vista MORAL. Para comprender el origen de la crítica habría, pues, que conocer bien la DSI, (que lamentablemente ni siquiera muchos católicos la conocen; mucho menos Montaner), y las ideas “liberal capitalistas” de Montaner que según él mismo le recomienda al Papa, se pueden leer en la “Teoría de la Elección Pública”. (www.ebour.com.ar/derecho/12-Public%20Choice.pdf

Según esta teoría el hombre es un ser esencialmente egoísta que solo busca su interés individual. (A esto llaman “individualismo metodológico”). Es la vieja teoría de Adam Smith de que si cada uno busca su interés individual la sociedad mejorará necesariamente en su conjunto. Esta idea, desde luego, ha sido desmentida por toda la historia de los últimos dos siglos donde cada vez los ricos son más ricos y los pobres más pobres. Hoy día, año 2015, el 2% de la gente más rica del mundo posee el 48% de todo el dinero del mundo. Por no hablar de los 34,600 niños que cada día mueren de hambre en el tercer mundo y los cientos de miles de personas que tienen que caminar varias millas para conseguir un simple cubo de agua potable.

Para aminorar estas extremas y escandalosas desigualdades, que claman contra la ley natural, (pues todo ha sido creado para todos), la Iglesia levanta su voz de denuncia profética, siguiendo la tradición bíblica, donde, por ejemplo, el apóstol Santiago nos dice que “el salario no pagado a los obreros es un pecado que clama contra el cielo” (Stgo. 5/4).

O sea, se trata de “pecado”, de responsabilidad moral, de la dimensión racional y espiritual del hombre que, por supuesto, los economistas basados en los modelos puramente cientificistas, (donde se incluyen los marxistas), ignoran totalmente.

Pero la Iglesia, al contrario, defiende y promueve el valor supremo del “bien común”, cosa que Montaner ataca sarcásticamente llamándole un “camelo”, (una engañifa atractiva). ¿Por qué lo ataca?. Porque ve al “bien común” como algo esencialmente imposible, peligroso, divisivo, y puramente material.

Lo ve imposible porque cree que nadie puede buscar el bien del otro ni mucho menos del todo social. El individuo solo busca su interés egoísta, como dijimos antes. O sea, Montaner es un pesimista radical.

Peligroso porque se presta a que la intervención del Estado, (al que la Iglesia adjudica el deber de “tutelar” el bien común) se vuelva un “abuso de los mandamases”. Obviamente si el Estado se vuelve ladrón, lo que hay que atacar es a los “mandamases” no al concepto de “bien común”. Es como quien quiere privar a todo el mundo de la libertad, porque si la damos, los ladrones y criminales pueden abusar de ella. ¿Dónde está tu lógica, Carlos Alberto?

Finalmente ve al “bien común” como algo básicamente material y divisivo. Me explico.

Un bien material, una manzana por ejemplo, es “divisiva”, en el sentido de que si yo me como un pedazo, ya otra persona no se puede comer ese pedazo. Montaner enumera muchos ejemplos de esta “divisividad o exclusividad”: si se usa el dinero para un aeropuerto, dice, ya ese dinero no se puede usar para construir un hospital o una escuela; si se construye un templo ya no hay dinero para un orfanato. Y los “bienes y servicios que se les ofrecen a unos siempre se les niega a otros”. ¿A qué se debe esta exclusividad? ¿A la limitación del dinero? No necesariamente. Pudiera haber dinero para el templo Y PARA el orfanato. O para el aeropuerto Y PARA el hospital. ¿Pero por qué insiste en que hay conflicto entre los distintos proyectos? ¿Por qué rechaza que pudiera haber dinero para todo y para todos? ¡Ah! Aquí está la clave: para probar que el Bien Común es un “camelo”. Para eso invoca a modo de dogma infalible que:

“las necesidades de la sociedad tienden al infinito, mientras los recursos disponibles son limitados” (O sea, el bien materialmente entendido jamás podrá ser “común”) Pero…

¡Felicidades, Carlos Alberto! Eso mismo es lo que dice el Papa Francisco en el #106 de Laudato Si. Dice el Papa que (injustificadamente) “se pasa fácilmente a la idea de un crecimiento infinito o ilimitado”. Y así se cae en “la mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta”, y al “presupuesto falso de que ‘existe una cantidad ilimitada de energía y de recursos utilizables”

¡Qué maravilla! Tanto el Papa como Montaner están de acuerdo en que hay una aspiración social al “crecimiento infinito” (el Papa) y a “necesidades que tienden al infinito” (Montaner). También ambos están de acuerdo en que “los recursos disponibles son limitados”(Montaner) y de que no “existe una cantidad ilimitada de energía (ni) de recursos utilizables”(el Papa)

Si ambos afirman lo mismo ¿dónde está la diferencia?

¿Por qué Montaner ataca la idea del “bien común” en cambio el Papa, frente a la misma realidad, la defiende en los #156 y 157 de Laudato Si?

Por una sencilla razón: para Montaner el “bien común” es simplemente algo material, mercantil, comprable, y por tanto inherentemente divisivo. Para el Papa el “bien común” es primariamente algo espiritual; un bien moral que exige una responsabilidad moral. Por eso Montaner adopta una posición pesimista frente al egoísmo irremediable del individuo. No hay remedio. No puede haber bien común. Pero el Papa dice que “la esperanza nos invita a reconocer que siempre hay una salida”. Y apelando a la conciencia moral de la humanidad propone y pide una “conversión ecológica” y “un nuevo estilo de vida”.

Este nuevo estilo se caracteriza por: la sobriedad, la lucha contra el consumismo y la lucha contra la desigualdad extrema. Montaner ataca frontalmente las tres propuestas.

No conoce el valor de la abnegación, que ha sido siempre la fuente de todo lo que el hombre generoso y creativo ha hecho sobre la tierra. No conoce, desde luego, la invitación de Cristo a “tomar la cruz cada día” y seguirlo. Confunde el consumismo con el consumo. Por supuesto que el consumo es necesario. Es el consumismo lo que desquicia al ser humano y a su economía, comprando “lo que no necesita; con el dinero que no tiene; siguiendo anuncios en los que no cree para impresionar a gente a las que no ama” (definición que Dave Ramsey dio del capitalismo desenfrenado)

Volviendo al ejemplo de la manzana quisiera explicar aquí, con un símil, la diferencia radical entre la actitud cristiana y la actitud materialista (sea marxista o sea capitalista).

El cristianismo enseña a los hombres que son hermanos, y lo son no en el sentido de la revolución francesa (egalité, liberté e fraternité) cosa que como sabemos terminó en violencia y en el advenimiento de un Emperador (¡). Le enseña que son hermanos porque tienen un mismo Padre, o sea, un común origen y un común destino. Predicando esta hermandad pudiera lograr (quizás) que dos hombres o tres compartieran una manzana (libremente, sin imposiciones). En cambio el materialismo marxista obliga a los hombres a comer la manzana juntos, creyendo que así se van a sentir hermanos. ¿Vemos la diferencia? En el cristianismo la causa es Dios; la consecuencia es la fraternidad, concordia y paz entre los hombres, compartiendo solidariamente los bienes materiales. El comunismo en cambio, quiere poner la causa en la manzana, en la producción material, creyendo que al “repartir a todos por igual” (porque todos los estómagos son iguales), los hombres se harán hermanos. Quieren actuar en la subestructura económica para lograr cambios en la superestructura mental. Esto no funciona. Si los hombres fueran hormigas, abejas o trabajadores robóticos como las piezas de una fábrica, quizás funcionara. Pero esto va CONTRA LA NATURALEZA ESPIRITUAL, Y POR TANTO, LIBRE, DEL HOMBRE. ¿Por qué se han de sentir hermanos, si no hay un Padre común que habita ”más allá del domo estrellado del cielo” (como dice la Oda a la Alegría de Beethoven).

Y ¿qué hace el capitalismo liberal? Proclama la libertad sin límites, sin responsabilidad moral, ni solidaridad con el prójimo, sometiendo a la sociedad al ciego rejuego de las “leyes” económicas, y a la pura consecución del bien MATERIAL. Detesta toda regulación del Estado, porque cree que el INDIVIDUO está por arriba del Estado, y su ego inflado por el propio interés, por el afán de dinero, riquezas, confort y poder no puede soportar que nadie le diga nada, ni mucho menos le interesa la suerte del contrario, del competidor, del pobre, del desvalido. Esto es lo que Juan Pablo II llamó “capitalismo sin alma” y “capitalismo salvaje”. Pero hay un capitalismo bueno, SÍ, moralmente neutro, regulable: pura técnica de producción eficiente. Pero el capitalismo LIBERAL, el que cree en el puro rejuego de las LEYES económicas y del mercado, como si se tratara de una racionalidad científica intocable, ese, en el fondo tambien MATA la verdadera libertad del hombre, que no está en tener una mansión en Miami y un resort en las Bahamas y un yate para ir de un lugar a otro sino en hacer el bien, y sentir que “hay más felicidad en el dar que el recibir” (Hechos,20/35). Porque la primera víctima desgraciada del consumismo no es el pobre al que el rico le saca el dinero, sino el propio consumista, pues como dice el Papa Francisco, “mientras más vacío está el corazón de la persona, más necesita objetos para comprar, poseer y consumir” (Laudato Si, #204)

Montaner comienza su artículo con la pregunta retórica, ¿cuál es la función social de poseer un cuadro pintado por Santiago Botero? Y más adelante, ¿Cuál la función social de poseer un cuadro de Picasso, un Mercedes Benz o un Rolex Presidente? Como no espera respuesta, porque el propósito es desacreditar el principio de la función social de la propiedad privada, nos vemos obligados a combatir su retórica respondiéndole. Volvamos a la manzana. Comérsela es el acto más egoísta que hay, en el sentido de que cientos de personas trabajaron para mí: el que la cultivó, el que la recogió, el que la transportó, el mercado que la vendió y hasta el dependiente que la puso en mi mesa. O sea, todos trabajan para mí. Y yo ¿Qué hago? Pues con esa energía que adquiero al comer puedo a su vez trabajar, prestar un servicio a la sociedad. Y así ese bien material, de suyo divisivo RETORNA a la sociedad, con la condición de que yo, efectivamente, sea útil a la sociedad. Luego el bien común, aun el material, si hay generosidad y responsabilidad y sentido del deber por el medio, beneficia a todos. En cuanto a los bienes no materiales: como un poema, una música, un cuadro, una novela, un libro, hay que decir que por naturaleza son unitivos, no divisivos. Cuando yo le enseño un poema a alguien yo no lo pierdo; el otro lo adquiere y yo no lo pierdo; lo mismo pasa con la música, el arte, la literatura y supremamente con la fe religiosa. Eso son los verdaderos bienes propios del hombre: el saber, la cultura, el arte, la religión y la MORAL. Concebir el bien común solo como algo económico, comprable, cambiable, rentable, etc es degradar al ser humano al nivel de las bestias. Y para terminar: el bien común supremo es la virtud, la vida honesta del ciudadano, la paz, la moral, la amistad cívica, y cristianamente hablando, el amor y la caridad divina. Es decir, “la civilización del amor” que tanto anhelaba el Papa Juan Pablo II. ¿De qué vale tener la mejor producción industrial del mundo, hacer chips electrónicos, aviones y medicinas, si la población se emborracha o se dedica al frenesí de la pornografía, y de la drogadicción?

No mi querido Montaner: el bien común no es un camelo ni una palabra hueca. Es el bien de todos los hombres y de todo el hombre (Pablo VI). Son los derechos humanos. Es aquello que José Martí mencionó al final de su discurso de los Pinos Nuevos:

“Pongamos en la bandera nueva el lema del amor triunfante:

con todos y para el bien de todos.”

Dices que, por suerte, el Católico no tiene que creer en la Doctrina Social de la Iglesia para salvarse, ¿cierto? Pues lee en el Evangelio de Mateo capítulo 25/35. ¿Quiénes se salvan? Aquellos a quienes Cristo les dice: “Venid benditos de mi Padre. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber”, etc. Si eso no es doctrina social dicha por el mismo Jesucristo no se qué lo será.

Francisco J. Müller Oct.17, 2015Los errores

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