El mendigo Simón

Escrito el 14. jun, 2005. Por , en Sociales

(publicado por Diario Las Américas)

http://krespo.files.wordpress.com/2006/04/Mendigo.jpgAnoche tuve un sueño de casi medio siglo atrás, recordando cuando mi madre nos autorizó a visitar la choza del negro Simón en la orilla del río Almendares.
Simón era una mendigo medio ciego que apenas articulaba con claridad sus palabras, que caminaba con mucha dificultad y que visitaba a mis padres con cierta frecuencia para pedir un plato de comida y alguna ayuda para aliviar su miseria.
Vivía en una choza con piso de tierra debajo del puente del río, con techo de planchas de zinc y sin puerta, que en los días de ventolera volaban las planchas y la choza de Simón se quedaba sin abrigo para el sol y sin cobija para la lluvia.

Pero lo que más se grabó en mi mente de aquella anécdota singular, fue el comentario de mi madre, que antes de partir nosotros a esta visita poco común, nos dijera a mi hermano y a mí: “quieran mucho a Simón, pues con uno que pase hambre sería demasiado, y por desgracia son muchos”.
Y este recuerdo punzante me ha permitido  reflexionar que si el mundo desarrollado no actúa con premura y con sentido humano de justicia, el hambre y la desnutrición nos van a explotar en el rostro con más intensidad que una bomba nuclear destructiva fabricada en Corea del Norte o en una cueva de los terroristas de Al Qaida.
Las últimas estadísticas sobre el hambre dan pavor y entumecimiento moral: cada vez que se cuentan cuatro segundos en cualquier reloj, muere un ser humano por falta de alimentos, preferentemente niño, en la superficie del planeta tierra.
Y cada cuatro minutos otro niño queda ciego por falta de vitamina A.
Las cifras son escalofriantes cuando conocemos, según la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO), que en el mundo pasan hambre unos 800 millones de personas.
De acuerdo al ritmo actual sobre la ayuda para erradicar la pobreza, en los últimos cinco años apenas se han sacado de la pobreza unos seis millones de personas, lo que demuestra que el monto de la ayuda es dramáticamente insuficiente, pues el ritmo de crecimiento anula el esfuerzo realizado.
Lamentablemente en la última década se han reducido en un 45 por ciento las ayudas a la agricultura de los países pobres.
Sin embargo, una noticia alentadora relacionado con la pobreza, fue el acuerdo reciente entre los países ricos del Grupo de los Ocho de condonar la deuda externa de los países con menos recursos en África y otras áreas del mundo, como Bolivia.
El problema es complejo y de profunda urgencia humana, pues implica lograr que en un mundo que se globaliza e interrelaciona aceleradamente, ningún país o ser humano por pobre que sea, quede excluido del derecho básico a la alimentación.
Y esto implica un aporte masivo de recursos y créditos económicos, por parte de los países ricos, la disminución de las barreras arancelarias que gravan las exportaciones de los productos de los países pobres y una incorporación de organizaciones no gubernamentales (ONG) para que colaboren con el complejo rompecabezas del hambre en el mundo.
Hay que decirlo sin temor, pues hasta ahora ha faltado voluntad política de parte de los países más desarrollados, para erradicar la pobreza que tanto agobia y mata indiscriminadamente.
Con la abundancia en que vive este mundo desarrollado, si lograra repartir solamente un poco de sus riquezas, se disminuiría drásticamente la miseria generalizada y nos encaminaríamos a una solución permanente del problema.
Estamos ante una encrucijada de urgencias, pues realmente con “uno que pase hambre sería demasiado”, pero en la realidad son 800 millones de seres humanos los que no tienen una alimentación adecuada.
Hoy que me he recordado del negro Simón, aquél mendigo inolvidable amigo de mis padres, quiero dedicar esta viñeta periodística a todos los pobres del mundo, pues al final de la jornada, como dice el libro santo, de esos pobres será el reino de los cielos.
Trabajemos sin descanso para lograr que este mal extendido de la pobreza pueda dejarse atrás y no muera ningún niño cada cuatro segundos ni se quede ciego otro cada cuatro minutos, por falta de vitamina A.
Gracias Simón, por haberme dado conciencia humana de la urgencia que genera la miseria.

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